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El imperio de la política es el imperio de la mentira. Por Juan Ignacio Weimberg

“Hacer de la utilidad una verdad es la consagración de una mentira” (José Ortega y Gasset).

Cuando inicio estas líneas, pienso en usted que me lee, en usted estimado lector que, como decía Ortega, tienen el don de leer sin prisa, advertidos que toda opinión justa es larga de explicar. En ustedes que les interesan las cosas por sí mismas, aparte de sus consecuencias; lectores que no necesitan ser convencidos por discursos de campaña, más bien que conservan en sí un trozo de antipolítica en su manera de pensar.

Asistimos a una época que se entroniza a la utilidad como consagración y norte de todas las políticas públicas, se identifica como un “bien” los términos como “rentabilidad”, “eficiencia”, “déficit cero”. Términos opacos frente al arcoíris de la existencia humana de cara a palabras que acuñamos con un bien fundamental de nuestra identidad: “amistad”, “salud”, “solidaridad”, “poesía”; nos definen como personas y en especial como argentinos. Al punto debiéramos preguntarnos si estas cosas se encuentran transidas por la “utilidad”, y más si debieran erigirse como cuestiones centrales de nuestra vida.

Entiéndame bien, no afirmo que ordenar las cuentas públicas y ser eficiente con los recursos sea algo a lo que no se deba aspirar, pero en modo alguno nos puede llevar al endiosamiento de aquellos conceptos.

Por otro lado, resuenan palabras como “bolsos”, “bóvedas”, “contratos truchos”, en definitiva “corrupción”.

Aristóteles, ya en el año 384 A.C. había dicho que “los hombres cometen una injusticia cuando piensan que poner en práctica una determinada acción es posible, y posible para ellos mismos, ya porque consideren que han de quedar ocultos después de realizarla, ya porque, aún sin quedar ocultos estimen que no sufrirán algún proceso o que, en caso de sufrirlo, la pena será, para ellos o para quienes son objeto de interés, menor que la ganancia. (…) Pero, por su parte, quienes sobre todo piensan que pueden cometer injusticia impunemente son los dotados de elocuencia, los hombres de acción, los expertos en muchas clases de debates judiciales, los que tienen muchos amigos y los que son ricos. Y piensan que pueden, en especial si ellos mismos están en las condiciones acabadas de decir; pero también, de lo contrario, si disponen de amigos servidores o cómplices con estas cualidades, puesto que, por su medio, pueden actuar, quedar ocultos y no sufrir consecuencias”.

Válidamente como hombres y mujeres que aspiramos al bien común podríamos preguntarnos “quien o quienes” tienen la posibilidad de quedar “ocultos” de la Justicia, o en definitiva tienen “servidores” que los han protegido todo este tiempo de sufrir las consecuencias del delito.

Obviamente se responde esta cuestión apuntando a los que tienen la posibilidad y responsabilidad de influir en la designación de aquellos a quien se debe elegir para que controlen las cosas comunes e impartan justicia.

¿Podremos algún día conjugar términos como “justicia” y “eficiencia”?

Lamentablemente, se necesita una determinación y compromiso de las personas que “sufren” cada día las consecuencias de este escándalo, para revertir la posición de espectadores para pasar a ser protagonistas.

Obviamente, sabemos que las personas no quieren internarse en el barro de la política, y muy pocas, hoy en día tienen vocación para la cosa pública. Entonces, ¿qué acciones tomamos y que estas personas tengan una debida “formación” para gestionar cuestiones que afectan el bien común? Indudablemente respondemos que la formación a través de escuelas especializadas como las que existen en Francia y otros países encargadas de formar a los agentes, funcionarios públicos y magistrados.

Estos organismos promueven sistemas de gobiernos abiertos, gestión de comunicación, (especialmente la comunicación en crisis) y la participación ciudadana en cuestiones de relieve institucional.

Todo esto nos evitaría que la política se convierta en el “arte de la improvisación y del discurso falaz”. Hasta tanto esto no ocurra, lamentablemente, el arte de la política será el arte de la mentira, y en ese juego solo ganará el que mienta mejor.

(*) Juan Ignacio Weimberg es abogado y docente universitario, integra la organización Ñandé (Instituto interamericano de investigaciones avanzadas sobre la ciudadanía y la paz).

VIA: EL ARGENTINO

https://www.diarioelargentino.com.ar/noticias/190384/El-imperio-de-la-pol%C3%ADtica-es-el-imperio-de-la-mentira